Un año sin redes sociales

por | Ene 14, 2020 | Sin categoría

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Hace unos días escribí en Facebook He regresado. Un año sin Facebook, Instagram, Messenger ni Twitter. Sí se puede. Hay mucha vida allá afuera, soy testigo. Feliz 2020. Fue mi primera publicación desde enero de 2019 cuando de golpe me salí redes sociales y di de baja mi canal de YouTube. Tenía la idea de desconectarme unas tres semanas, pero obtuve beneficios tan evidentes y rápidos que decidí extender mi autoexilio digital durante 12 meses. Justo iba iniciando el 2019 y los propósitos de año nuevo estaban a la orden del día, sin embargo, mi decisión era más que una simple meta de enero. 

Fue una chispa de autoconciencia en la que vi mi scrolling en el celular casi automatizado. Descubrí que mis hábitos, ideas y opiniones aunque parecían propias, solo eran un espejo de lo leído en pantalla. Iniciar el día revisando notificaciones y publicaciones y terminarlo de la misma manera se había convertido en una rutina poco menos que sagrada. Muchos días escribía mis posturas sobre ciertos temas y luego leía las opiniones y comentarios de desconocidos con tanta atención que simplemente no valía la pena. Dejaba que Facebook me mostrara un video tras otro sin darme oportunidad de asimilar el anterior solo para atraparme con entretenimiento vago, o más grave, dejaba que Instagram me dijera que no estaba viviendo la vida lo suficientemente bien. Además, bajo la premisa de que hay que estar informado abría cada nuevo hashtag de Twitter y el ciclo de lectura, posturas, opiniones, comentarios y entretenimiento se repetía.

Hoy son un sinfín los artículos que podemos encontrar en línea sobre el uso desmedido de redes sociales y sus consecuencias en la salud emocional y física de los usuarios. La manipulación de información, el manejo de datos y el control masivo dejó de ser el argumento de una película distópica para ser parte de nuestra realidad con escándalos como el de Cambridge Analytica y Mark Zuckerberg. Black Mirror solo refleja el camino que ya emprendimos como sociedad, los guionistas no son genios creativos, son genios observadores de nuestro comportamiento. El procrastinar es la evolución de nuestros hábitos en línea. Conversaciones, polémicas, compras, memes, likes, estrés y votos en las urnas se dan gracias a los millones de bots que alimentan Twitter hasta engordar la opinión pública a favor de los intereses económicos y políticos de quien costea las granjas digitales (donde también se cultivan las fake news y los perfiles falsos de Facebook) sin que el lector y opinador promedio sepa distinguirlos. Del aumento en la depresión y ansiedad más de un experto ha dicho ya que las redes sociales también abonan al problema.

Uno de los primeros frenos para desconectarme era la falsa idea de que no estaría informado. Cuando salía al aire la información (muchas veces hiperinformación) era una necesidad, pero en enero de 2019 tras un año fuera de cabina supe que ello solo era una mala costumbre vestigio de mis intervenciones. Al estar desconectado vi de primera mano cómo no necesitamos saber los titulares de noticias del mundo con lujo de detalles. Aunque para muchos suene obvio, para mí era una novedad. Estar hiperinformado de noticas era un estilo de vida. Además, a los pocos días de desconexión supe que para informarme solo necesitaba sentarme a la mesa de cualquier lugar: las conversaciones tardan apenas segundos en volverse hacia la noticia viral, el video del momento, el meme más compartido o el lord y lady nuevo de Twitter. La información entonces no era un motivo para estar en redes sociales.

Otro freno principal pensé sería la comunicación con mis amigos y familiares. Sin embargo, paradójicamente, estar sin redes cerró el espacio a distracciones y pude estar más conectado que nunca con quienes verdaderamente importan. Mensajes, teléfono y cara a cara se volvieron los medios directos para hablar sin ninguna distracción. Puedo decir que gracias a un 2019 sin redes sociales tengo relaciones más seguras con quienes me importan más.

Estar desconectado durante un año fue una experiencia tan agradable que ya tengo cambios definidos ahora que estoy de vuelta. Como desconectarme todo un mes en el verano y entrar solo de lunes a viernes descansando sábados y domingos. Fue tan bueno que no vuelvo a mis hábitos anteriores donde reviso el celular cada cinco minutos. Quien sabe, tal vez en cualquier momento me salga en definitiva. Pero mientras, acá ando de nuevo porque tengo una voz que quiero hacer escuchar con mis escritos, podcasts y videos. Y es que creo todos estamos de acuerdo que las redes sociales no son malas. El mal está en el cómo, cuánto y por qué se usan. Al final no descubro ningún hilo negro. Lo malo está en el desbalance. En si tú dominas tu tiempo en línea o el dispositivo lo domina. Si tú mandas o la adicción manda. Mi recomendación es que todos intentemos salirnos por lo menos un día cada cierto tiempo.

Una de esas y también decidas salirte todo un año.

Finalizo con el top 11 de las principales bondades que me otorgó esta desconexión: 
 

  1. Pude viajar varias veces en el año sin tomar y subir ninguna foto. 
  1. Organicé preparé mis conferencias de mejor manera. 
  1. Incrementó mi comunicación con las personas que son importantes en mi vida.  
  1. Pude leer 28 libros en el año. 
  1. Guardé mi opinión de temas virales / polémicos / trending solo para mí o personas cercanas. 
  1. No estuve desinformado de noticias, sino apenas informado lo suficiente como para no quedar fuera de ninguna conversación. 
  1. Tuve un nuevo nivel de estabilidad emocional y mental que no sabía se daría de a gratis por estar desconectado. 
  1. Establecí mejor mis prioridades y metas (trabajo, lectura, aprendizaje, ejercicio, etc.). 
  1. Se terminaron los desvelos por procrastinar: dormí mejor. 
  1. No me retrasaba por estar leyendo en redes: fui puntual. 
  1. Supe que las redes sociales NO son fundamentales, ni siquiera para un millennial como yo. 

Moisés G. Recio

[ Idea MX ]
Vicepresidente
Facebook